lunes, 23 de marzo de 2020

A mediados de los setenta,  mi familia - mis padres y mis dos hermanas, eran gran parte de mi mundo - en él estaba incluido por supuesto el auto de la familia. Teníamos un Volvo blanco perlado, station wagon, que nos acompaño gran parte de mi niñez y mi adolescencia. Los autos entendí desde aquella época, son un bien necesario, una suerte de máquina del tiempo,  con él  llegaba 5 para las 8,  ingresando por Suecia hasta el Colegio Salesianos, - situado en lo alto del Cerro San Cristobal, - mirando al Cusco. Con él viajamos interminablemente al Valle Sagrado, o para  Urcos, Pikillaqta , Huambutío, San Salvador, también a Anta, Conchacaya, y Chichero, una y mil veces, siempre manejado por mi padre a una velocidad predecible 60 km/hora. La.seguridad era el mayor objetivo del viaje. Eran el uno para el otro, es más la marca Volvo,  así se vendía: Seguridad más que velocidad. Los suizos le dotaron de la mejor  carcaza, carro que nos golpeaba solo le producía rasguños a su estructura, siempre los otros carros salían severamente averiados.
Era un domingo por la mañana, en que a diferencia de los otros,  nos levantamos algo temprano para ir al Aeropuerto Velasco Astete a recoger a unos tíos que llegaban de Lima. Salimos por la Av. La Cultura, luego  la Av. Garcilaso, hasta llegar a la que sería muchos años después la Alameda Pachacuteq. Cerca a las  rieles de tren que cruzan la vía, un semáforo marco el rojo, y nos detuvimos. Yo hiba en el asiento trasero derecho, mirando con la ventana cerrada. Cuando me percate la presencia de una persona anciana, de rasgos indígenas, cargando sobre su espalda, soportando en su escuálida figura, más de cien kilos, en cajas inmensas aposicionadas unas sobre la otras, sujetas a doble pasada de una soga gastada por el tiempo, calzando unas ojotas igual de cansadas, que en actitud fatigada y distraída,  miraba al suelo,  sin percatarse la presencia del auto, golpeando  su cabeza y luego su  cuerpo  contra la parte lateral, cerca a la puerta posterior donde yo me ubicaba. La embestida  golpeó la parte lateral del Volvo produciendo  un ruido de al caerse   las cajas sobre el  wasaq’epe, y al vehículo. Mi padre pregunto,  que había pasado, bajó del auto y pudo ver a la persona debajo de las  cajas, cerca a la berma derecha de la pista. La gente comenzó a acercarse a ayudar a salir de los bultos al anciano cargador.
Luego se aproximó un policía y como el hombre estaba poli contuso, lo llevamos al Hospital Antonio Lorena, luego de algunos papeles, el policía nos dijo que teníamos que acompañarlo a tomar la manifestación ya que era un accidente de tránsito y una persona estaba herida. Papá - dije: ¡ él que te choco fue el señor, dile!.. En todo caso nosotros fuimos los agraviados. Las cajas fueron las que hicieron daño al  caer sobre él. Espere en el auto hasta que mi padre dió su manifestación. Luego llegamos a casa, ya los tíos habían llegado, mi madre nos esperaba preocupada ya que ya sabía en parte lo sucedido.
Cerca a las cuatro de la tarde, un patrullero llego casa con una orden de aprensión a mi padre.
Mi madre lloraba, nerviosa, mientras mi padre daba instrucciones, para que nos comuniquemos con tal o  cual familiar que nos pudiera ayudar.
Me acuerdo que acompañe a mi madre a casa de un vecino, Joselo se llamaba cuyo papá era abogado.
Mi padre fue llevado injustamente a la carceleta con orden de atropello.
No recuerdo cuanto tiempo fue retenido o detenido, si fueron horas... o días... se me hace difícil el recordar.
Solo se que a tanta espera, mis temores que nunca más volviera revoloteaban en mi cabeza. Un día llego mi padre a casa, con la barba semicrecida, su  cara delgada y angulosa, su rostro cansado, pero sereno abrazo a mi madre, a mis hermanas con sus caritas llorosas lo esperaban y a mí,  que acongojado por la falta de ese ser que me dio la vida, el apellido y mi identidad, sobrevivia por aquellos días.
Mis años de niño no permitieron preguntar que había sido de aquel problema. Tenia a mi padre devuelta en casa y eso para mi era suficiente.
Ya a los catorce años, al recordar tan confuso suceso,  supe por el relato de mi padre, lo que realmente había ocurrido... continuará...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario